—¿Por qué Heidelberg?
—Historia demasiado larga, diez minutos es poco, a bien decir ni media hora. Mejor pasar a otra.
—Diez minutos, media hora o más, el tiempo que usted quiera, no tengo prisa.
—Usted no, para tí también soy tú. Nada de usted ni de Señor. ¿Por hablar en Señor, una pregunta, existe Dios?
—Gracias por el tú, pero nada de preguntas, ¿de acuerdo? Las preguntas las hago yo. Lo de Heidelberg, ¿no da para decir todo en una frase?
—Oye, soy cantante [lírico], y en mi tierra, quién quiera ser puntual con sus cuentas, alquiler, táxi, filet mignon, whisky, flores para la novia etc., tiene que ser agente de seguros, vendedor de enciclopedia y cosas del género. ¿Has anotado? [La rubia dice que sí con una sonrisa.] Por eso me decidí a venir a Alemania que es la meca de la ópera. Después de algunos años en la Musikhochschule de Frankfurt, que por cierto no me sirvieron de nada, casi nada, al contrario, surgió una oferta en esta joya de ciudad. Cogí mi maleta y el tren y aquí estamos.
—Y yo que pensaba que usted, disculpe, que tu eras escritor, poeta.
—¿Y tú no sabes que escritor y poeta tienen suerte aún más ingrata que cantante lírico? Vivo de la música, del canto, ópera, conciertos, recitales. Aquí se puede viver de eso. Poeta, tan solo para mis adentros, en las horas libres. En tierra extraña… ¿es posible ser poeta de otra manera? No puedo dejar de serlo, ya lo he intentado, pero no consigo. Siempre vuelvo a caer en tentación. Poesía debe de ser algo así como una niña en plena floración, desperdiciando belleza y proyectando en la cabeza de personas descabezadas, como este forajido de los trópicos, los sueños más extravagantes. Prefiero adaptar el texto litúrgico y digo: induca me in tentationem, que de sucumbir me encargo yo.
—Nada de alusiones personales, ¿verdad? Pero por lo que me toca, me siento lisonjeada. Ya me habían prevenido cuando dije que quería entrevistarlo. Que todo brasileño es terrible, como los ángeles de Rilke.
—Ah, ves, y decir que andan por ahí con habladurías y chistes malévolos sobre rubias. Rilke no es mi poeta preferido, pero tiene sus buenos momentos. Las elegías de Duino y los sonetos de Orfeo, puro ingenio y arte.
—¿Y cuales son sus preferidos?
—¿Alemanes?
—Por ejemplo.
—Hölderlin, Heine, Trackl, Brecht, Lavant, Kaschnitz.
—¿Cómo? ¿Christine Lavant?
—Exacto. Tan feucha como genial, ¿no te parece? Para mí desde luego tiene más genio, o mejor, más intuición poética que falta de belleza física, pues realmente belleza no era su caso en absoluto, el alma sin embargo, esa sí, una mina de diamantes, cielo estrellado, campo de amapolas, y abismo de penas, pero también de inagotable belleza, capaz de dar a sus dolores, tormentos, dudas y amarguras, alguna alegría, poca, y eso sí, la más que perfecta expresión poética.
—Interesante, tengo que releerla. ¿Puedo preguntar ahora de donde vienen las dos cosas, el gusto por la música, por el canto y la tentación de la poesía, para usar tus palabras?
—Antes de ser alguien y aprender a sobrevivir… fui monje. Por así decirlo. Estudié con los salesianos, que no son monjes, pero en aquella época el régimen era monástico. Rellenó mi segunda década existencial. Solo ha empezado a abrirse después del Concilio de Juan XXIII, y entonces yo ya estaba fuera exorcizando fantasmas seudoteológicos y creencias nocivas a la salud mental de cualquier cerebro algo crítico con las contradicciones inerentes a la parafernalia clerical. La década siguiente, vivida en el desvarío de la “Pauliceia”, me abrió los ojos a la realidad… a la fuerza, digo yo. El mundo, la calle, el instinto de sobrevivencia te enseñan muy pronto a distinguir la teoría de la práctica.
—¡Uau! ¿Qué tal una breve excursión por el campo sentimental?
—¡Hum, peligro a vista! A ver, anota, tuve mil y una mujeres… más o menos. Una para cada noche. [La rubia se ríe, claro.] Ninguna Sheherezade. Estuve casado por algún tiempo, una burrada, obviamente. Como todos tengo heridas y arañazos. Después del primer amor, tardío en mi caso debido al régimen de clausura, y que me dilaceró, como suele pasar con adolescentes desprevenidos para ese tipo de catástrofe, solo he conocido a una mujer que en una fase muy crítica irrumpió en mi vida cambiándola radicalmente. Me ha salvado. Me ha redimido. Así como lo oyes. Es muy conocida, no puedo darle el nombre.
Y en este preciso momento, delante de esa rubia imposible, tengo la devastadora impresión de que aquí, en esta ciudad de tanta tradición romántica, otro nombre, otra mujer, la definitiva, va a cruzar en mi camino y romper todas las barreras, transformando el curso de mi vida, de esta vez definitivamente, y de una vez por todas va a salvarme, por toda la vida y más y más.
¿Quién no conoce la famosa canción? “Ich hab mein Herz in Heidelberg verloren …”

Unos meses después del encuentro con la rubia, casual o “casi”, pues obviamente había sido provocado (una rubita irrestible, sea dicho de paso y sin mucha énfasis para no alarmar a la perifería), cuyo nombre germánico – aunque sonoro, poético, musical, sinfónico – insisto en guardar para mis memorias…
y después de otros encuentros menos literarios, llegó el verano definitivo, decisivo, marcado por los dioses o por una diosa bien intencionada, benévola, señora de los destinos y del rumbo de nuestros pasos, esa es la palabra, llegó el verano y con él el sol, luz de vida, ELLA, la augurada, la anhelada, la soñada criatura que sería “La Mujer”… aquella muy especial y única sin la cual la vida no es nada, para todo el porvenir y la eternidad también [si hubiera eternidad].
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