Muy poco a poco, la lucha no es ninguna broma, he conseguido abolir los efectos del pernicioso mensaje inventado
por un virulento caballero a camino de Damasco [¿será verdad?] – mensaje inculcado con babosa labia, a poder de
mucho latín y griego, por los fieles seguidores de Saulo, rebautizado Pablo, santo patrono de esa Metrópoli que ni
la divina trinidad logra convertir… por lo visto el impacto contra el suelo sirio, al caerse del caballo, había golpeado
la mollera del fanático perseguidor de cristianos y judíos, fantasioso visionario, cuyo coco [acaso demasiado tarde]
fue cortado por… ¿Y por quién?
Ah sí, por ese increíble benefactor de la humanidad, fogoso incendiario, fratricida, matricida, uxoricida, obstinado versificador y eximio tocador de lira, el divino Nerón.
Pero eso ya es otra historia. Luego fui aprendiendo también a desbancar jerónimos, agustinos y aquinos, para
mencionar los más cotizados, prolíficos padres de la tal patrística que hoy ya ningún cristo algo más ventilado usa frecuentar.
Otro valioso aprendizaje: en vez de latín medieval, y además cícero y césar, horacio, salustio, mejor la jerga desbocada
de calles y callejas “paulistanas”, de los míticos rascacielos Martinelli y Copan, de la zona de pirañas en pleno centro,
del “Caravelle” [calle Paim], tristemente famoso “treme-treme” (un burdel vertical), donde teníamos apartamento en
común, dos amigos de Minas y yo, y un sin fin de pequeños antros noturnos con música al vivo y mucha caipirinha,
daikiri y whisky nacional, ¡brrr!
Un dia por equívoco me casé, la mayor burrada de juventud… al dia siguiente, por así decir, ya estaba más que arrepen-
dido, o mejor ya me había arrependido antes, pero el diablo solo enseña ciertos trucos después de una buena paliza, así
que…
Y São Paulo me enseñó que por mayor y más alucinante que sea una metrópoli de ese calibre, el mundo no se acaba ahí,
afuera hay más. Como cualquiera que venga de Minas, y que se precie, nunca se conforma del todo con São Paulo, el
paisano aquí, oye (pensé)… adiós muchachos, compañeros… ¡de tantas juergas!
Del otro lado del charco [atlántico] la aventura continúa. Como diría el Dr. Jorge de Lima, poeta máximo, “para desvendar, fui”.
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