Puede venir como simple brisa, suave, refrescante, agradable, o violento
y ruidoso, empeñado en componer y descomponer, arrastrándolas de un
lado para otro, nubes y más nubes, y en agitar las aguas que nos cercan provocando ondulaciones de todos los tipos y dimensiones, algunas muy peligrosas [a veces devuelven cadáveres, o no].
Viene a generar atrevidas mareas vivas que cubren de espuma blanca las
negras rocas y las playas de Orzán y Riazor… allí abajo, a pocos pasos.
Ciudad elegante y acogedora, donde al instante sobresale la amabilidad y simpatía de la gente gallega en sus aspectos más agradables al forastero,
aunque no sin un toque de orgullo local en el que puede flotar la pregunta
tácita: tú no eres de aquí, ¿verdad?
Es una pena que el centro antiguo esté tan mal cuidado, presentando un aspecto ruinoso y desagradable a la vista, hasta incómodo, con un sinnúmero de esqueletos y fachadas de casas típicas, en su tiempo por cierto elegantes y majestuosas, pero actualmente en deplorabe estado de conservación, abandonadas a la intemperie, sin atención alguna tanto de sus propietarios como de las autoridades municipales.
A Coruña — hasta ahora nuestra penúltima estancia, seguramente no la definitiva, con lo nómadas que somos… y por lo tanto, respetable público, la búsqueda continúa. La verdad es que somos culo de mal asiento.
Y evocando a Leopardi, il navigar m’è dolce in questo mare.
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