Marcas que quedan…

nosso riozinho 600y que el tiempo deshace… ahí viene el viento, su mismísimo padre, y se lo lleva todo de golpe:
cualquier horizonte es poco…

por fin fluyen las aguas, como quería Heráclito, y lavan — limpiando el aire [hacen lo que pueden, ¡pobres!],
el verde de los campos, escarpas, muros, barrancos, llanuras, caminos de la sierra y de la ciudad, nuestras caras
de espanto… ciertas sombras que nadie ve pero sabe que existen, pues un día sicut fur in nocte ella te llama a la
puerta, la «Indeseada de las gentes», más subrepticia que una serpiente en ayunas. Damn it!

Viene sin más: la gran sombra que borra todas las marcas.
El fin de los tiempos, el fin del viento que ahí ya ni sopla ni molesta a nadie.
¿Dónde se ha oído decir que un difunto se molesta, verdad?

En el reino de la Nada es eso, ni viento, ni cronos, ni aguas, ni nada de nada para molestar.
Solo la plácida eternidad y el vacío en uno de esos agujeros negros que dicen que proliferan muy voraces
en los insondables rincones del universo y que la teoría consta que dice pero hasta ahora nadie los vió
ni ha vuelto para contar.

Astrofísicos… ¿no son todos personajes de ficción científica?
Su pasatiempo favorito es contar partículas perdidas en el espacio dando nombres y números y multiplicando
todo por millones y mil millones y dándoles nombres crípticos que sabe Dios qué significan ni para que sirven,
porque, aquí entre nosotros, el doctor ¿qué gana con eso?… sin contar los sueldos milionarios, claro.

 

Nuestro río de la infancia, hoy eso que se ve,
unas pocas aguas, diminutas… vivas.

Millions of smiles…

Sonrisas, sí, millones… ¡y cuantas lágrimas!
Unas “furtivas” como en la vieja romanza de Donizetti.

immer nur laechelnO el melifluo keep smiling del famoso hit – millones de veces magistralmente interpretado por la voz de terciopelo
negro, Nat King Cole – Smile though your heart is aching… Smile even though it’s breaking…

En la misma línea (un tanto sentimental) el aria de una opereta lehariana, Immer nur lächeln und immer vergnügt
(nadie mejor que el elegante Fritz Wunderlich como intérprete), y cuyo título [“El país de la sonrisa” - caricatura de un
país milenario, donde las sombras de su historia no lo justificarían] parece acentuar, día a día, nuestra fe en la espe-
ranza de que el fantasma de la Nada, antes y después del Tiempo, solo se puede espantar, vencer, conjurar - a través
del arte.

Humor y arte, doses diarias de buen humor y arte, la obra de cada cual, con la requerida sensibilidad, e independiente
del color de la piel, raza, sexo, creencia, grado de conocimientos, dotado, consciente, dispuesto, de sí para sí y para todos
los que tengan cierta percepción descontraída, crítica, no muy seria y mucho menos solemne de la vida.

El resto es silencio. Y algunas creencias. La vieja irrisión. Nos redime una visión poética del mundo… y la buena música.

Franz Lehár: Das Land des Lächelns
(V. León, Herzer, Löhner-Beda)