passa4En esos parajes montañosos transcurrió la lejana infancia de uno que nunca volvió,
a no ser de visita esporádica y breve, para “matar saudades”, rememorar viejos sueños,
resucitar personajes de la antigua mitología familiar, sintiendo a cada vuelta el pinchazo
de ver cuánto se había transformado y esfumado el paisaje de antaño.

Lo que era tan grande y espacioso, amplio y transbordante a los ojos del niño antiguo,
asume ahora, a la vista algo cansada de los vaivenes de la vida y de tan largas ausencias, proporciones no menos gratas a la contemplación de las bellezas naturales, pero carentes de las ilusiones de aquella mirada inocente, inexperiente, de cierta forma reducida – de otros tiempos.

Y cierta dosis de nostalgia de tantas cosas pasadas.
Gente antigua, figuras familiares, bichos, plantas, el río casi seco, el becerro de pelaje rojizo de mi vaca prefe, la salvaje Rosada, brava, fernética, en el lenguaje del abuelo, el patriarca de la región, dueño en su tiempo de casi todo lo que se veía, mi Ruciño trotón, que a estas alturas estará pastando muy tranquilo en las verdes campiñas del paraíso equino, la inquieta pajarada, tuins (forpus) en la ceiba gritando de alegría y manchando de verde el aire azul de la sierra, sanhaços, bentevis, sabiás, anum, tico-tico, columbina, la seriema gritona armando aquel tremendo jaleo en lo alto del monte, el bullicioso casamiento de las parejas de hornero, y en las cuestas y matas el esplendor amarillo y lila de los ipês

ay, mejor parar, si no…

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